Para Beatrice
Cuando te dije que te querría hasta la muerte,
no era para que lo comprobaras.
Por poco no publico este texto diez años después del estreno de la serie en Netflix. Y eso por no hablar de la película de Jim Carrey que es, redoble de tambores, de 2004. ¿Qué sentido tiene publicar esto tantos años después? Seguramente ninguno. ¿Por qué hago esta entrada entonces? Bueno, al fin y al cabo, en El Cornetín siempre estamos… ¿cómo era nuestro lema?
Nota: aunque evito los destripes al máximo, algunas cosas, si eres muy tiquismiquis, pueden serlo.

El perquè de tot plegat
A veces, como decía Pratchett, queremos saber el inicio de todas las cosas. Y, otras, como le gustaba decir a Quim Monzó, todas las cosas acaban siendo un nuevo estilo de rutina. ¿A qué viene esta introducción? Pues es lo que me pasó al ver la serie: me gustaba, pero no la acababa de pillar, desde aquella famosa entradilla:
Si estáis interesados en historias con un final feliz, será mejor que leáis otro libro. En este, no solo no hay final feliz, sino que tampoco hay un principio feliz y muy pocos sucesos felices en medio.

Y entonces decidí que debía leerme los libros y que, gracias a eso, iba a entender todo. Y el primer problema es que los trece libros (justo trece, cómo no) no existen en castellano. Es una de esas historias sobre editoriales haciendo cosas; pueden bucear en google si disfrutan del salseo. Así que, para no complicarlo más, decidí leerme los libros en inglés, para entender aún menos cosas.
¿No eran unos cuentos para niños?
Cierto, los libros tienen un claro enfoque infantil: capítulos cortos, una estructura clara y repetitiva, la famosa coletilla de explicar el significado de las palabras, protagonistas definidos por rasgos muy concretos y el simple malo maloso eternamente enfrentado a los hermanos.
Y entonces llega el momento Tiffany Dolorido: no pensar que el lector es tonto, mostrar un mundo adulto cruel y ver cómo los personajes se adaptan a esa nueva realidad.
Leer estos libros como adulto es una experiencia curiosa, a la par que gratificante. Y te deja la gran pregunta: ¿realmente los niños entienden todo esto? Probablemente no. Yo qué sé, no soy un especialista en educación. Pero, por mi experiencia, seguro que esa es la gracia desde el punto de vista infantil. No hace falta entenderlo todo; ya la imaginación rellena los huecos. Mientras que, como adulto, te das cuenta de la incompetencia de los adultos, del abuso de autoridad y de otras cosas que quizá de pequeño simplemente asumías como parte de la aventura.
Lo que empieza como una sucesión bastante sencilla de desgracias va convirtiéndose poco a poco en otra cosa: una historia más conectada, más extraña y bastante más interesada en quién tiene razón, en quién miente y en qué significa realmente hacer lo correcto.

La serie de Netflix: una puerta de entrada
He tenido que invertir todo este tiempo para decirte que, por una vez, quizá la mejor manera de conocer el clásico de Lemony Snicket sea ver la serie. Y, si no tienes tanto tiempo, la opción de ponerte la película de Jim Carrey sirve para saber si este va a ser o no tu rollo.
¿Las principales diferencias? La serie se hace con los trece libros ya terminados, algo que Handler quizá no tenía completamente cerrado cuando empezó a escribir la saga. Sí, Lemony Snicket es un pseudónimo de Daniel Handler. ¿Para qué hacer las cosas fáciles? Al contar ya con la historia completa, la serie puede dejar pistas y hacer guiños desde el principio que solo cobran todo su sentido cuando conoces lo que viene después. Algo que en los libros resulta mucho menos evidente.
Netflix muestra de manera bastante correcta el espíritu de los libros: la comedia absurda y surrealista, la contraposición entre adultos y niños o los decorados góticos imposibles. No en vano Handler era productor. Y, como es Netflix, a veces sobreexplica y se vuelve un poco pesada, siendo demasiado narrativa: el clásico de explicar lo que estás viendo (y eso lleva a que la serie «explica mejor» el final respecto a los libros). Pero su mayor problema, para mí, no es ese. Es que en algunos momentos minimiza situaciones que en el libro resultan bastante más crueles.
Luego está Olaf, interpretado por Neil Patrick Harris, que está siempre en la cuerda floja entre lo histriónico, lo siniestro y lo cómico. Y cuando el malo se convierte demasiado en espectáculo, la desgracia pierde un poco de peso.
Por último hay algo que la serie hace especialmente bien: te deja con la sensación de que detrás de cada cosa rara hay otra cosa todavía más rara.
¿Para este viaje hacían falta estas alforjas?
Pues sí.
He tardado trece libros en inglés para entender algo fundamental. Una serie de catastróficas desdichas es rara. Y precisamente ahí está su gracia. Por eso quizá es única. No es la más espectacular, ni la más ambiciosa, pero tiene una voz propia y una mala leche bastante particular que me encanta. ¿Que si la recomiendo a tu descendencia? Por mí, palante. Al final, tú sabrás. Pero vamos, la recomiendo con la misma fuerza con la que sugiero Tiffany Dolorido, y eso son palabras mayores.
Y solo por eso merece la pena escribir sobre ello, ahora que he llegado a mi The End particular. Si con algo de esto disfrutas parte de lo que yo he gozado… todo habrá merecido la pena. Aunque eso te deje al margen de la noticia.

*Yo la traducía, intentando mantener los juegos de palabras, como: Presumiblemente estás mirando la contraportada de este libro, o el final de EL FINAL. El final de EL FINAL es el mejor lugar para empezar EL FINAL, porque si lees EL FINAL desde el principio del principio de EL FINAL hasta el final del final de EL FINAL, llegarás al final de tu paciencia.
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